Durante años se ha vendido la idea de que los microservicios son la respuesta a todos los problemas: escalar más rápido, desplegar más rápido, ser "como las big tech". La realidad es simple: un mal monolito se convierte en una mala red de microservicios, solo que ahora con más latencia, más complejidad y más puntos de falla.
Microservicios no son una moda, son un modelo de organización del sistema y de los equipos. Funcionan bien cuando:
- Hay límites de dominio claros y bien definidos.
- Los equipos tienen autonomía real para desarrollar y desplegar.
- Existe observabilidad seria: métricas, trazas, logs y alertas.
- La plataforma soporta automatización, testing y despliegues frecuentes.
Lo que casi nadie te dice
Pasar de un monolito a microservicios no es solo "partir el código". Implica rediseñar:
- Las dependencias: quién habla con quién y por qué.
- Los datos: quién es dueño de qué y cómo se comparten.
- Los contratos: APIs, eventos y reglas de negocio.
- El manejo de errores: timeouts, reintentos, degradación controlada.
Cuando esa base no existe, aparecen los síntomas clásicos:
- Decenas de servicios pequeños que nadie entiende.
- Incidentes que rebotan entre equipos sin dueño claro.
- Deploys "independientes" que rompen a otros servicios.
- Más tiempo apagando incendios que construyendo producto.
¿Por dónde empezar realmente?
En vez de preguntar "¿Cuándo migramos a microservicios?", la pregunta correcta es: "¿Entendemos nuestro dominio lo suficiente como para cortarlo sin romperlo?".
A veces el mejor siguiente paso no es microservicios, sino un monolito bien diseñado, modular y observable. La arquitectura moderna no es una etiqueta; es la capacidad de evolucionar la plataforma sin destruirla en el intento.
En mis charlas y contenido explico microservicios desde la práctica: cuándo ayudan, cuándo destruyen equipos y qué modelos usar para tomar decisiones sin dejarse llevar por el hype.